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New testimony and Bible study pages go live.
Desde
la edad de tres años asistía la escuela dominical y los cultos
de jóvenes en la Iglesia Bautista de Solid Rock de Nueva Jersey. Había
escuchado sobre la Gloria y el Infierno, un Dios que me amaba, y sobre Jesucristo
quien murió en la cruz por los pecadores. Mi familia era fiel a la iglesia.
Estábamos en la iglesia cada vez que las puertas estaban abiertas, por
lo menos tres veces en semana. Asistía a la escuela Cristiana de la iglesia,
donde aprendí muchísimo de la Biblia. Mis amistades eran mayormente
muchachos de la escuela Cristiana que asistían a la iglesia. Participé
en todas las actividades de los jóvenes de la iglesia. Se puede decir
que estaba constantemente bajo la predicación de la Palabra de Dios.
Un domingo
por la noche el pastor predicó un mensaje sobre el Infierno. La Biblia
dice en el libro de Apocalipsis, capítulo 20, versículo 15,
“Y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue lanzado
en el lago de fuego.” Durante la invitación al final
del mensaje, pasé al frente porque tenía miedo de aterrizar
en el Infierno. Le dije al hijo del pastor que quería ser salvo. (Aviso:
“salvo”, “salvación”, y “nacer de nuevo”
son términos Bíblicos refiriéndose al perdón de
pecados por Dios, y el rescate de una persona del poder y castigo del pecado.
Esto es requerido para obtener vida eterna.) Me preguntó si verdaderamente
quería ser salvo. Respondí de la misma manera que otro muchacho
hubiese respondido, y dije que “sí”. Hice esto solo porque
tenía miedo de ir al infierno. Continué viviendo mi vida como
si hubiese sido salvo. Creía haberme visto de la misma manera que Dios
me ve – como suciedad, como relata la Biblia en el libro de Isaías,
capítulo 64, versículo 6, “Si bien todos nosotros somos
como suciedad, y todas nuestras justicias como trapo de inmundicia; y caímos
todos nosotros como la hoja,
y nuestras maldades nos llevaron como viento.” Había
creído que había cumplido con los requisitos de Dios para recibir
el perdón de pecado. Creía que había entregado mi vida
al Señor Jesucristo.
En abril
del 1991, cuando tenía 11 años de edad, nos mudamos al estado
de Pennsylvania. Poco tiempo de habernos mudado comenzamos a asistir a la
Iglesia Bautista de Lehigh Valley. Mis
padres me matricularon en la escuela Cristiana de la iglesia. Aparentaba
ser un Cristiano por fuera, pero por dentro hacia lo que me daba la gana.
Me ofrecía voluntariamente a dar las devociones de la clase. También
me ofrecía de voluntario para orar, aunque comencé a dudar mi
salvación. Cuando me encontraba de vacaciones con mi familia en julio
3 del 1992, mi hermana estaba hablándole a una de sus amigas sobre
Jesucristo. Ella quería saber más sobre cómo ser salvo.
Mi papá comenzó a hablarle sobre los días de la tribulación.
(La tribulación es un período de siete años venideros
cuando Dios juzgará el mundo.) Cuando escuché esto comencé
a temblar de miedo. Concluí que no era salvo y que no quería
pasar por el período de la tribulación. Le dije a mi mamá
que quería ser salvo. Solo quería ser salvo del infierno y la
tribulación. Mi mamá oró conmigo.
Después
de esto aún dudaba de mi salvación. Para eliminar esas dudas
opté por trabajar más y estar siempre ocupado. Trataba de
convencerme que era salvo viviendo una buena vida, leyendo mi Biblia, etc.
Todo esto no me daba seguridad de salvación. Continuaba teniendo dudas.
Necesitaba saber si era salvo o no. Cuando estudié la Biblia, reconocí
que nunca me había arrepentido de mis pecados cuando oré en
las dos ocasiones previas para ser salvo. Había solo orado debido
al temor que sentía. No soportaba más mi condición.
Sabía que tenía que arrepentirme. En septiembre 24 del 1995
le confesé a Dios que me arrepentía de todos mis pecados y que
ahora aceptaba el don de Dios por medio de Jesucristo. ¡Ahora sí
que Jesucristo es mí salvador!
Cuando
me arrepentí de mis pecados, noté un cambio inmediatamente en
mi vida. Ahora no le tengo miedo a la muerte. Ahora tengo paz en mi corazón.
Sé sin lugar a duda que cuando muera iré para la Gloria. No
soy perfecto, por lo tanto, todavía peco. Reconozco que cuando dudo
de mi salvación es porque el pecado interrumpe mi relación con
Dios. Cuando esto pasa, confieso mis pecados a Cristo y pido perdón.
Hago lo que Proverbios nos aconseja en el capítulo 24, versículo
16, “Porque siete veces cae el justo, y se torna a levantar; mas
los impíos caerán en el mal.”
Le pregunto
a usted, ¿sabe a donde irá a pasar su eternidad? “Porque
dice: en tiempo aceptable te he oído, y en día de salud te he
socorrido: he aquí ahora el tiempo aceptable; he aquí ahora
el día de salud.” 2 Corintios capítulo 6, versículo
2.
Jeff
Byerly vive con sus padres, hermano y tres hermanas en el pueblo de Macungie,
PA. Si deseas saber más del Señor que salvó su alma,
vaya a www.lvbaptist.org.